La salud necesita política: por qué médicos, enfermeras y psicólogos deben formar parte del diseño de las políticas públicas
En pleno siglo XXI, seguir concibiendo la salud como un ámbito separado de la política pública es un error epistemológico y ético. La idea de que los médicos deben limitarse a los hospitales, las enfermeras al cuidado asistencial y los psicólogos a la consulta privada refleja una visión reduccionista del bienestar humano.
La salud no se construye solo en los consultorios: se construye en las calles, en las escuelas, en los hogares, en los salarios, en la vivienda y en las decisiones de gobierno.
Rudolf Virchow lo comprendió hace más de un siglo al afirmar que “la medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina en gran escala”. Esa frase, que en su momento fue revolucionaria, hoy debería ser una guía. La salud y la política no son esferas separadas: son dos dimensiones del mismo compromiso con la vida.
La salud como fenómeno social y político Desde la medicina social de Virchow hasta los planteamientos contemporáneos de Michael Marmot y la Comisión de la OMS sobre los Determinantes Sociales de la Salud, la evidencia es clara: las desigualdades sanitarias nacen de factores estructurales — la pobreza, la exclusión, la educación, el entorno y el acceso desigual a los recursos . Sin embargo, la política pública suele diseñarse desde despachos alejados de esa realidad, donde el sufrimiento se mide en estadísticas y no en personas. Aquí radica el problema: no se puede transformar la salud sin comprender sus causas sociales. El médico observa los efectos fisiológicos de la injusticia; la enfermera los cuida; el psicólogo los traduce en narrativas humanas. Todos ellos son depositarios de un conocimiento profundo sobre las consecuencias del sistema social en el cuerpo y en la mente. Por eso, deben participar activamente en la construcción de las políticas públicas que buscan aliviar ese sufrimiento. Psicología y política: el eslabón olvidado Si hay un campo históricamente marginado en la política pública, es la psicología. Como advirtió Ignacio Martín-Baró, fundador de la psicología de la liberación, “no puede haber salud mental sin justicia social”. La mente no se enferma en el vacío: se fragmenta en contextos de pobreza, violencia, discriminación y exclusión. El modelo ecológico de Urie Bronfenbrenner explica que el individuo está inmerso en sistemas interdependientes — la familia, la comunidad, la cultura, las políticas — y que intervenir solo en uno de ellos es insuficiente. Aun así, los psicólogos rara vez son convocados a diseñar políticas educativas, laborales o urbanas, pese a que todas impactan directamente en la salud mental colectiva. Esta omisión tiene consecuencias graves: políticas públicas que ignoran la dimensión emocional de los ciudadanos, programas que fracasan por falta de comprensión del tejido social, y un Estado que responde al dolor con burocracia en lugar de con empatía
La teoría ecosocial y el modelo biopsicosocial: un marco para la unión La teoría ecosocial de Nancy Krieger (Harvard School of Public Health) sostiene que los procesos sociales “se encarnan” en los cuerpos: el estrés, la exclusión y la violencia estructural dejan huellas medibles en la biología y en la psique. De modo similar, el modelo biopsicosocial propuesto por George Engel (1977) plantea que la salud es resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Ambas perspectivas coinciden en un punto fundamental: la salud no puede entenderse ni abordarse desde un solo campo. Requiere un trabajo conjunto entre médicos, psicólogos, enfermeras, sociólogos, economistas y legisladores. Por eso, la interdisciplinariedad no debe ser un ideal teórico, sino una práctica institucionalizada. Los espacios de decisión política necesitan voces clínicas y psicosociales que aporten evidencia, ética y sensibilidad humana. La salud en todas las políticas: un imperativo ético El enfoque de Health in All Policies (HiAP), impulsado por la OMS, sostiene que todas las decisiones gubernamentales — desde la educación hasta el transporte — deben considerar su impacto en la salud y la salud mental. Esto implica un cambio radical en la gobernanza pública: médicos, enfermeras y psicólogos deben ocupar un lugar en los consejos, comités y mesas intersectoriales donde se diseñan las políticas que modelan las condiciones de vida de la población. Como recordó Paul Farmer, la salud es una forma de justicia. Negar la participación de quienes conocen de cerca el dolor humano en la construcción de las políticas públicas equivale a renunciar a la ética del cuidado como principio rector del Estado. Hacia un Estado que cuide Mantener separadas la salud y la política es un error que cuesta vidas. No es solo un problema técnico, sino moral. Un Estado verdaderamente humano necesita más que economistas y abogados en sus gabinetes: necesita profesionales del cuidado, del cuerpo y de la mente, capaces de traducir el sufrimiento social en decisiones públicas con rostro humano. Incorporar a médicos, enfermeras y psicólogos en las políticas públicas no significa “politizar” la salud, sino humanizar la política. Solo así se podrán diseñar programas coherentes con la realidad, políticas basadas en evidencia y estrategias de prevención que comprendan la complejidad del ser humano. Postulado La salud, en su dimensión física, mental y social, requiere la integración activa de los profesionales sanitarios y psicológicos en la formulación, ejecución y evaluación de las políticas públicas. Esta integración no es un simple recurso técnico, sino una exigencia ética, epistemológica y social. Solo mediante la cooperación entre las ciencias de la salud y las ciencias sociales podrá alcanzarse una política pública verdaderamente orientada al cuidado, la equidad y la justicia
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